El otro día se me ocurrió ver una película, y como es de suponer, ante tanta demanda científica, hacía tiempo que no apreciaba algo del séptimo arte.
Gustosa saqué mi recién adquirido paquete del mercado alternativo, intenté conectar la resplandeciente pantalla de plasma, pero el cable era muy corto y no alcanzaba ningún contacto eléctrico. Entonces decidí buscar una extensión.
Cuando al fin di con ella, corrí a enchufarla. Noté un ligero chispazo, ¿serían los electrones activos de la toma eléctrica pasando a través de los conductos de hule, dichosos, por el espectáculo del cual serían intermediarios y fuente energética?
Pocos segundos después vi otro chispazo, esta vez seguido de una masa gaseosa en combustión.

Vi mi vida a través de esa flama.
¿Qué acabará primero conmigo? ¿El dióxido de carbono? ¿El fuego? ¿Alguien llamará a los bomberos?
¡Mis criaturas!
Habrá quien diga que viven en mi cabeza (gente envidiosa, negada del regocijo de contemplar la materialización de sus anhelos científicos). Y suponiendo sin conceder, que así fuese, si el fuego me aniquila, mis criaturas correrían la misma suerte.
Fue así como apliqué la lógica de desconectar la fuente de poder (quemar mi extensión) y acto seguido, la técnica del zapatazo vil, tal y como usted lo vio en las caricaturas. Esa metodología vale, o sea es válida en momentos de gravedad, y con flamitas 5x8 cm.

Necesito comprar arena. Sería muy bonito tener una cuasi playa en mi humilde morada. Le daría el toque exótico. Tierra no. La tierra serviría de criadero de microorganismos. Así cuando las dudosas extensiones generen rabiosas llamitas, pues les echo arenita.